

ESPECIAL | HISTORIA Y PODER
En su nuevo libro, María de Magdala, Domingo Terroba revisa las fuentes más antiguas del cristianismo y cuestiona una de las imágenes más arraigadas de la tradición occidental. Lejos de la devoción y lejos también de la teoría conspirativa, el autor propone una lectura histórica que obliga a mirar de nuevo los textos y preguntarse qué ocurrió cuando la memoria de una mujer empezó a resultar incómoda.
— Durante siglos se presentó a María Magdalena como prostituta arrepentida. ¿Qué desmonta tu libro en primer lugar?
La etiqueta. En los textos más antiguos no aparece como prostituta. Esa identificación es posterior. Lo que sí aparece es su presencia constante en los momentos decisivos de la vida de Jesús. Y eso cambia el eje completo de la historia.
— Si no fue la pecadora redimida que se popularizó, ¿quién fue entonces?
Una seguidora más dentro del grupo de Jesús. Había mujeres que asistían y pagaban de su bolsillo los desplazamientos de este movimiento, y Magdalena, era una de ellas. Pero no solo eso, permaneció al lado de Jesús hasta el final, incluso cuando los demás huyeron por miedo. Así que no es una figura periférica. Magdalena está en el núcleo del acontecimiento fundacional.
— Entonces, ¿cuándo empieza a cambiar su imagen?
Cuando el movimiento deja de ser un grupo más de tantos que anuncian la llegada del Reino y comienza a tomar forma, a definirse. En ese proceso, los relatos se ordenan, se reescriben y también se reinterpretan. Y una mujer con protagonismo en el origen de todo se convierte sin duda en un problema para las etapas posteriores.
— ¿Se reescribió la historia?
La historia nunca se transmite en bruto. Siempre pasa por filtros. Cuando una tradición necesita estabilidad doctrinal y jerárquica, selecciona qué le sirve y qué no. María Magdalena parece que pasó por ese filtro.
— Algunos pueden interpretar tu libro como un ataque a la Iglesia.
No lo es. Aunque hay que matizar que fe e Iglesia no es lo mismo. La historia puede y debe analizarse, la fe es un acto personal. Cuando uno vuelve a los textos y los lee sin la capa de divinidad, aparecen tensiones que merecen ser estudiadas. Ya no te hablo de los errores y de las confusiones.
— ¿Qué revela este caso sobre el papel de la mujer en los orígenes cristianos?
Que el escenario fue probablemente más complejo de lo que después simplificó la literatura rabínica de los siglos II y III. Las primeras comunidades no eran uniformes. Existía diversidad, debate y, en ciertos entornos, liderazgo femenino.
— ¿Por qué sigue generando debate dos mil años después?
Porque no hablamos solo de una mujer del siglo I. Hablamos de algo que sigue ocurriendo en la actualidad; cómo se construyen los relatos que sostienen identidades colectivas. Y cuando la memoria y el poder se cruzan, la primera está obliga a olvidar.
— Si el lector tuviera que quedarse con una sola idea tras cerrar María de Magdala, ¿cuál sería?
Que lo que se contó no siempre coincide con lo que ocurrió. Y que volver a las fuentes, sin miedo y sin prejuicio, puede cambiar nuestra percepción de aquello que creíamos inamovible.